Una de mis primas se echó una vez un novio grafólogo. Aficionado a la grafología sería más preciso. Cotizaba como pintor, de los que usan cinta de carrocero para cubrir marcos y rodapiés. Brocha gorda.
Desconozco la fuente de su afición por la grafología. Leería algo sobre el tema en la revista Año Cero o sufría tal nivel de insomnio que se tragaba documentales nocturnos en algún canal de pago.
El tipo se vendía como un medio experto en la materia y la primera vez que mi prima lo bajó cual paquete al pueblo para que conociera a la familia del sur —este es el nuevo—, soltó la bomba: «Puedo leeros la personalidad a través de vuestra firma». Dio una explicación básica y ensayada sobre lo de estudiar los grafos y contó alguna anécdota con tufo a invento.
Debo decir que eligió bien los tiempos. Acertar con el momento marca la diferencia entre follar o volver a casa con los huevos doloridos. El tipo no sacó el tema ni en el aperitivo ni en la comida. Era un profesional. Esperó hasta el café pa…

