Desear el naufragio
Todo lo que tengo hoy ha llegado hasta mí gracias a intuir el desastre y lanzarme hacia él.
Quien más, quien menos, desea —como mínimo en un 0,1 % de su ser— que las cosas salgan mal. Pretendemos el desastre por curiosidad. Por ver qué pasa. Para tener algo que contar.
Toda la literatura digna gira en torno a una grieta. La Ilíada: Troya. La Odisea: Ryanair. Hamlet: adiós, papá. Madame Bovary: ponme una de cuernos. El extranjero: tanto calor mata.
Hace unos días, mientras paseaba por Mérida con Neptuniana, reconocí en voz alta uno de esos secretos que llevaba tiempo ocultando: deseé el naufragio.
Sucedió durante el mes que tardé en cruzar el Atlántico a vela. Quería llegar al Caribe seco y salvo, grabar un vídeo al pisar tierra después de tantos días en un desierto líquido, abrazarme al resto de la tripulación… Lo normal.
Pero un 0,1 % de mí sentía curiosidad por caer por la borda y acabar, empujado por las olas, en una isla deshabitada.
¿En qué pensarán los náufragos? ¿Habrá tiburones? ¿Los posibles rescatadores verían antes la palabra HELP o una polla del tamaño de Thanos dibuj…

