Una vez me dejó una novia durante una sesión de terapia de pareja. Por la mañana todo iba bien. Buenos días. Buenos días. ¿Café? Sí, por favor. Tenemos cita a las doce. Sí, lo recuerdo. ¿Has hecho los deberes que nos mandó la semana pasada? Ni te lo imaginas, respondió.
El momento del anuncio fue absurdo. Minuto veinte de la sesión. Confesión. Zas. Hostiazo al corazón. Hasta la psicóloga, molesta por sus escasos resultados, dijo: «Ya lo podrías haber dicho antes, bonita». A mí me entró una de esas risas flojas que te entran en los entierros. Me pareció un momento tan literario que me negué a tomármelo del todo mal. Aquí hay una escena, pensé. Hice una broma con respecto a quién tenía que pagar la sesión —no tuvo buena acogida— y salimos cada uno en una dirección.
Meses antes, cuando fuimos al cine a ver la última de Tarantino, debí intuir el final. Ella se había aburrido tanto con la película, siestecita incluida, que yo me enfadé muchísimo ante su falta de criterio. Tampoco acogió bien…

