Cuando la muerte me aterra, trato de consolarme pensando en la canción que quiero que pongan el día de mi funeral. La decisión está clarísima: Como una ola, de Rocío Jurado. A ser posible, a todo volumen. Que moleste a los que tratan a la parca con más formalidad que miedo. Coreadla, reíd y brindad. No habrá segunda temporada.
¿A qué viene esto? Desde hace un par de años pienso a menudo en la muerte, el dolor y la vulnerabilidad. Sigue aterrándome dejar de estar y, cuando una situación se encarga de recordarme que no soy nada, me sudan las manos, mi pierna derecha tiembla como Bambi y algo me pincha en la garganta.
Suele sucederme cuando vuelo. Odio volar. No deja de ser absurdo que un tipo que está dando una vuelta al mundo sufra cuando monta en el medio de transporte que más millas le permite recorrer. No es un terror limitante, pero, si existiera el teletransporte o llegaran barcos a todos los países, el que escribe no pisaría un puto avión.
Cada turbulencia es un disgusto, por mucho …

