Cómo ser buena persona y fallar en el intento
De proponérmelo, podría ser gris, moderado y afable todo el tiempo que quisiera. Pero no. Y me encanta.
Hay días en los que me siento vitalista, radiante, enérgico y el mejor yerno del mundo. Blanco. Diría que me caigo bien; hasta me daría un puñetazo en la cara por la envidia que me tengo. El concepto es curioso: envidiarse a uno mismo. Deberíamos practicarlo, como sociedad, más a menudo.
Otros días, por el contrario, el espejo me devuelve una mirada retorcida, suspicaz, casi de seguidor del Liverpool drogadicto. Negro. Es como si intuyera que el fin del mundo fuera a llegar esta misma noche y me importara una mierda que todos —incluidos los perritos que me salen cuando pulso la lupa de mi Instagram y Margot Robbie— nos fuéramos a tomar por culo.
Por suerte o por desgracia, tiendo a ser gris. En mi día a día no me sabe la polla a caramelo con frase de autoayuda ni dirijo una secta de malabaristas borrachos que esperan en el parque de las Vistillas a que Madrid arda.
Una chica con la que salí una temporada decía que emanaba por los poros muchísimo gris (con toques puntuales de blanco y neg…

