Ven al baño, al test le pasa algo, me dijo Neptuniana.
Yo dormía tan plácidamente que me costó varios segundos encajar lo del test. ¿Un test de alcoholemia? ¿Qué lié ayer? ¡No me jodas! ¿El test de Cooper? ¿Ha regresado Guisado, el profesor de gimnasia que iba al instituto con vaqueros y camisa de cuadros, y nos está midiendo la puta capacidad aeróbica?
Ese algo que le pasaba al test de embarazo —resultó ser uno de esos— eran dos preciosas líneas verticales que traían consigo libros de Bluey, el baby-led weaning, la mentira de los Reyes Magos o esa gilipollez de que está feo decir palabrotas.
Lo primero que le recordé a Neptuniana fue una promesa que le hice en algún país de Asia: «A mi hija (intuyo que va a ser niña) voy a enseñarle canciones de Extremoduro». El elefante que se balanceaba o el ratón de Susanita que fuma chocolate y hachís (¿era así?) son canciones infantiles muy graciosas en una lengua de trapo, pero escuchar cantar a una criatura de dos o tres años aquella frase de La …

