Existen muchas formas de clasificar bares, pero yo suelo dividirlos en dos grupos: bares de palabras y bares de silencios.
Los primeros sirven para cazar hilos de los que tirar cuando toca escribir en casa. Porque estaremos de acuerdo en que se escribe en casa. La idea romántica del escritor que acude a la esquina de un antro para fabricar una novela es una gilipollez con diabetes y lunares. A los bares de palabras se va a beber, a ligar, a escuchar historias, a meterte rayas en el baño si es lo que te gusta, a perseguir personajes. No a hacer algo tan burdo como dibujar letras o pulsar teclas.
El acto de escribir y el acto de masturbarse se parecen más de lo que parece. A mí no me encanta hacer ninguna de las dos cosas en público. Hace unos años, un amigo fotógrafo me propuso hacer una sesión mientras escribía. Pero no quería fotos fingidas al estilo de Robert Capa; él buscaba carnaza real, chicha auténtica. «Tú déjate llevar por lo que estés contando, será como si no estuviera», dijo. Hubiera sido más fácil tocarme por allí abajo con su cámara delante que escribir. Se lo propuse, pero él creyó que era una broma. Supongo que las fotos fueron un desastre porque nunca más hemos vuelto a hablar del tema.
Dudo que existan demasiadas fotos reales de escritores en plena acción. No me jodas: nadie se pone tan recto ni entorna los párpados de forma tan atractiva mientras escribe. Yo me balanceo, hago cosas raras con la lengua, me rasco la coronilla, miro compulsivamente los desperfectos de la pared, me chupo los nudillos y después compruebo a qué huelen, me pongo de cuclillas encima de la silla, hago ruidos dignos de un tuberculoso… Por no hablar de que acostumbro a vestir con una florida bata de seda y sin ropa interior en verano, y con un pijama de cuadros lleno de bolas y restos de migas en invierno. No hay nada sensual en el oficio. Sé que Neptuniana me ama porque no se ha marchado con un cirujano o un picoleto, pese a pillarme más de una vez en pleno trance.
Por eso me levanto a las cuatro de la mañana. Para escribir, no para masturbarme. El mundo más allá de las paredes de mi biblioteca no existe. Y si estoy en casa de alguien, como cuando vamos a visitar a mis suegros durante unos días, las posibilidades de que me pillen en plena faena se reducen. Levantarme tan temprano para escribir también tiene la ventaja de que, para las ocho de la mañana, ya tengo la sensación de haber cumplido con el trabajo, lo que me ayuda a estar más tranquilo y relajado durante el resto del día (sigue habiendo parecidos con masturbarse, ahora que lo pienso). Cuando Parténope se despierta, le cambio el pañal y abrimos juntos las doce persianas que tenemos en casa mientras gritamos: «Buenos días, mundo, nosotros ya hemos soltado nuestra mierda; ahora escuchamos la tuya».
En el otro lado del espectro están los bares de silencios. Algún idiota cree que a esos sí que se acude a escribir. Cuando llego a uno y me encuentro con alguien escribiendo, huyo despavorido, sin poner excusas, a veces hasta sin pagar. Es muy desagradable estar en la barra de un bar de silencios haciendo algo tan importante como leer el futuro en la espuma del café o dibujar en la barra los aros del logotipo de Audi aprovechando la condensación del vaso de Macallan, y que se te ponga al lado alguien con complejo de Sabina.
De entre todos los bares de la ficción literaria, hay uno que me atrae especialmente y rara vez aparece en las listas: el Club Diógenes. Fundado y bien aprovechado por Mycroft Holmes, el hermano mayor de Sherlock, el Diógenes es un refugio para todos aquellos hombres raritos (tendremos que perdonarle a Conan Doyle el tufillo machista) que no soportan las charlas superficiales ni las cortesías sociales. El perfecto bar de silencios.
¿Qué grupo es mejor? Mire usted, ninguno. Dependepaqué. Es importante saber elegir pareja, trabajo y electrodomésticos, pero mucho, muchísimo más importante es saber elegir un bar.
Has ganado una amante y has perdido un bar, escribe David Trueba en Tierra de campos. Eso es grave, añade, los amantes pasan, pero un buen bar es para toda la vida. Salvo si vas a venir a dártelas de escritor o escritora a esta puta barra, añadiría yo.

