Bajar a una amiga a segunda
Lo malo de las amistades que se apagan es que, a diferencia del amor, no hay un minuto exacto que determine el fin.
Hace unos meses me vi obligado a bajar a una amiga a segunda. Un Atleti en el 2000. Sin hostias ni manuscritos. Con la elegancia que solo puede aportar el silencio. Te sigo queriendo, pero me importas menos. Ojalá algún día. O quizá no. Ya veremos. Otro chupito. Hip.
Me preguntan por casa si estoy seguro de publicar esto. Por si la descendida se entera y pregunta: oye, ¿no seré yo la que ha bajado a segunda? Ni siri yi, ni siri yi. Lo triste es que ni siquiera espero un enfado, una conversación incómoda, otra carta a vuelta de correo.
Las bibliotecas y medio Substack están llenos de escritos cobardes y tibios. Hay que despellejarse, exponer las vergüenzas, dar motivos a quien te lea para odiarte o querer follarte. No es bonito tener manía sin razón.
A mí me pasa con Juan del Val. Y está mal. Aunque Selvática y un libro sobre Jung me hicieron pensar ayer que, a lo mejor, me parezco a del Val más de lo que creo. Al fin y al cabo, Nuria Roca fue mi primer amor televisivo gracias a Waku Waku…

