Es oficial: he cruzado el océano Atlántico a vela. Ha sido complicado. Una de las pruebas mentales más duras de mi vida.
Nunca había navegado una distancia tan larga de forma consecutiva. Tres mil setecientas millas náuticas. Casi siete mil kilómetros usando un trozo de tela hinchado por el viento como único medio de tracción. En total han sido veintiséis días desde que salimos de Sevilla hasta Antigua y Barbuda, uno de esos países extraños que añado a la lista de lugares que no imaginaba conocer.
Cuesta expresar el tamaño del Atlántico. Te sientes lo que eres: un punto ridículo y minúsculo en la inmensidad. Nos hemos cruzado con siete barcos en toda la travesía.
Llevo más de un mes sin ver una película o poner un ojo en la televisión. Poco importa lo que digan los periódicos cuando estás a menos de un metro de morir en caso de caída por la borda.
He pasado miedo. Varias noches pensé que el barco se partía o que el mar era un oso pretendiendo engullirnos. No hay masa de agua en el planeta…

