Aquellos veranos viejos
Los veranos viejos hay que contarlos sin orden ni cronología. Es fantástico poder reducirlos a frases que evoquen sensaciones.
Pasaba descalzo la mayor parte de aquellos veranos viejos. El pueblo olía a gente nueva, cloro y alitas de pollo fritas. Las mañanas comenzaban con Oliver y Benji. Nunca fui de Dragon Ball. Y reconozco largos visionados a Punky Brewster y Los vigilantes de la playa (me fascinaba Pamela), Dawson crece y María Teresa Campos. Desconozco por qué mis recuerdos de aquellos veranos viejos incluyen a La Campos, pero me siento orgulloso de que sea uno de mis referentes.
Las notas del colegio o el instituto llegaban siempre correctas, pleno de sobresalientes alguna vez, a pesar de las punzadas en la conciencia ante la certeza de que un porcentaje voluminoso de aquellos resultados eran un regalo de Marina, mi compañera de pupitre desde que mi madre me abandonó una mañana en aquel lugar llamado escuela. Marina era alta, atlética, responsable, respondona y brillante. Mucho mejor estudiante que yo y desde luego más constante. Lo sigue siendo. La sigo admirando. Y yo, por entonces y como hasta ahora,…

