Pasaba descalzo la mayor parte de aquellos veranos viejos. El pueblo olía a gente nueva, cloro y alitas de pollo. Las mañanas comenzaban con Oliver y Benji. Nunca fui de Dragon Ball. Y reconozco largos visionados de Punky Brewster, Los vigilantes de la playa (un poco por Pamela y un mucho por David Hasselhoff) y cualquier programa de María Teresa Campos, uno de mis referentes.
Las notas del colegio llegaban siempre correctas, con pleno de sobresalientes alguna vez, a pesar de las punzadas en la conciencia ante la certeza de que un porcentaje voluminoso de aquellos resultados eran un regalo de Marina, mi compañera de pupitre desde que mi madre me abandonó una mañana en aquel edificio horrible llamado Colegio Público Pedro de Valdivia.
Marina era alta, atlética, responsable y respondona. Mucho mejor estudiante que yo y, desde luego, más constante. Lo sigue siendo. La sigo admirando. Yo por aquel entonces ya intuía que mi éxito en la vida iba a depender de caer simpático, no de ser brillan…

