La primera cola que me salté en mi vida fue el día de la muerte de mi madre. Tenía once años.
Enero del año 2000. En mi pueblo de Extremadura daban sus últimos coletazos los velatorios realizados en las casas familiares de los fallecidos. Supongo que el primer tanatorio de Castuera estaría en obras, a punto de caramelo. Pero a mi madre no le dio tiempo a llegar. Ni a eso ni a otras tantas cosas. Murió joven, pero al menos murió en casa.
Me habían desterrado de allí unos días antes. Tal era el olor a parca que impregnaba el gotelé de las paredes. Ese gotelé que sigo odiando. He renunciado a alquilar o comprar algunos pisos por culpa del gotelé, la única moda que espero que hayamos desterrado para siempre.
Fue mi padre quien hizo la llamada de rigor a la familia que cuidaba de mí para que me llevasen a despedirme del cadáver aún caliente. Desconozco el contenido de la conversación, pero mi humor negro juguetea con la frase «el pájaro está en el nido, traed al paquete».
Aquella familia supo …

