Los tres primeros pensamientos que tuve cuando vi salir tu cuerpo viscoso y azulado de las entrañas de tu madre fueron: que estés sana, que te conviertas en el ser humano que solo tú elijas y que seas una buena contadora de historias.
Gloria, tu matrona, me vio llorar como un pantano roto por ese cubata de emoción y miedo que nunca antes me habían servido en barra alguna: ver nacer a mi hija. ¿Por qué pensé en la importancia de contar buenas historias precisamente en ese instante de líquidos sagrados y órganos de un solo uso?
La única forma de salvarnos es a través de la narrativa. Una vida sin cuentos es solo una forma de muerte en movimiento.
Dedícate a lo que te dé la gana (puedes cambiar de rumbo tantas veces como quieras), cree en lo que te apetezca (no existe la verdad absoluta), camina un rato con cualquiera (deja siempre que los demás hablen más que tú), contradícete (y huye de los que se vanaglorian de tenerlo todo cristalino), ama (ama y ensancha el alma).
Pero, sobre todo, apre…

