Estoy en ese punto de la vida en el que cada día logro sacarle unas revoluciones más al funcionamiento de mi mente. Me noto ágil pero reflexivo, blando o firme en el momento preciso y soy cada vez más silencioso (calculo que gano un gramo de buen oyente al día). Llevo unos diez años diciendo que mis neuronas están en su mejor momento. Aunque en estos últimos tres el avance ha sido exponencial. Y, a pesar del éxito, no me he cuidado nada.
He dormido poco y mal. He cometido excesos. Iba a yoga, pero luego me calzaba doce cervezas, veinte pitis y quince croquetas. El peor veneno es odiar, y yo le he dado bastantes tragos. Y aunque me encanta ayudar a los demás, he caído en el error de medir mal los esfuerzos, olvidándome de que el oro siempre debe ser para uno mismo, y haz lo que quieras con la plata y el bronce.
Afirmar que me he creído inmortal e irrompible sería quedarse corto. Pero no hay nada que pinche mejor el ego inflado que sostener en brazos los seis coma seis kilos que pesa Siena en este momento.
Echando regular las cuentas, es muy posible que el inicio de mi declive coincida con el punto álgido de la edad mental dorada de mi hija, esa en la que yo me encuentro justo ahora. Y, francamente, no me apetece aguarle la fiesta teniendo que soportar a un viejo cansado, obsesivo y poco útil que solo sabe hablar del pasado y cree que no tiene nada que aprender porque él siempre tiene la razón, sin darse cuenta de que los demás hace mucho que dejaron de tomárselo en serio.
Pocos momentos en mi vida han sido tan desagradables como aquella ocasión en la que hubo que decirle al abuelo de una antigua novia que le quitaban las llaves del coche y el carné de conducir porque estaba sordo, se tomaba las pastillas con vino, tenía serios problemas de memoria y no coordinaba los pies y las manos. El señor, con casi ochenta años, se revolvió como un gamo rodeado de hienas. Ni siquiera ayudó contarle que la Policía Local no iba a llegar a mayores contra él si decidía entregar las armas. Esa mañana había rozado todos y cada uno de los coches de su calle, con la traca final de arrancar de cuajo el espejo del coche del alcalde. «Queréis matarme», gritó. «Si me quitáis el coche, me mandáis a donde los callaos». En su desesperación insultó, desheredó, maldijo, escupió y, finalmente, tuvieron que llamar a la ambulancia porque casi le da un infarto.
Pese a lo desagradable, aquello no me sobrecogió demasiado. No entraba en mis planes ser padre ni me creía candidato a llegar a viejo. Hoy se me forma un nudo en el estómago al rememorarlo. Debe de ser muy duro darte cuenta de que tu tiempo ya pasó: hace un parpadeo eras joven y ahora estás en pleno declive.
Hacerse viejo no es el problema. El problema es no saber serlo.
La frase no es mía. Se la he robado a Ana, la amiga más longeva que tengo en este momento. Superó hace unos meses los noventa y se mantiene ágil en todos los aspectos. Su teoría no tiene fisuras. Cuando la gente le pregunta qué hace para estar tan bien con casi un siglo, ella responde que el tiempo verbal de la pregunta es incorrecto: «Qué hice, no qué hago».
El margen de maniobra se estrecha según pasan los años. Lo que metas en tu cabeza, en tu flexibilidad, en tu intestino hoy, que estás en lo alto de la cima, será lo que te ayude a frenar cuando comience la caída.
No debería ser necesario tener hijos para empezar a cuidar nuestra salud. Pero también dudo que haya una motivación más fuerte que esa.
Desde que soy padre, llevo cada vez peor cuando veo a señores y señoras con cierta edad que no se cuidan nada, pero que esperan con los brazos cruzados que sus hijos cuiden de ellos cuando llegue el momento, obligándoles, bajo el amparo del «yo te quité los pañales», a relegar o cancelar algunos de sus proyectos vitales.
Hasta hace muy poco, escribir esto con semejante sinceridad, llamando egoístas a personas que lucen canas, me hubiera parecido de mal gusto. Hoy no. Quien lea entre estas líneas una brizna de gerontofobia anda escaso de comprensión lectora. Y vamos a dejar de lado la frase facilona de que hay que estudiar cada caso por separado. Eso es obvio.
Hasta donde mis fuerzas y capacidades lleguen (hoy), procuraré que mi hija no tenga que preocuparse demasiado por mí en el declive (futuro). Lo haré mejor o peor, puede que lo consiga o no, pero espero que cuando haya una lápida con mi nombre me recuerden por mis libros, mis comidas, mis sobremesas o, incluso, por mis silencios, y no por ser un plomo.

