Ahora que no eres nadie
Tu valor de mercado es cero, así que ya puedes olvidarte de esos y otros números y dedicarte a leer y hablar, que es lo que más te gusta.
No hay nada que te haya ajustado más el ego últimamente que ir a cambiar de médico al centro de salud de tu pueblo. Lo hiciste justo ayer. Pensabas que todo el mundo iba a conocerte, que te pondrían una alfombra roja para que tus pies llegaran mulliditos hasta el mostrador o incluso creías que alguien iba a dorarte un poco la píldora por los años de servicio prestados; al fin y al cabo, dedicaste una década y media a arreglar humanos por allí con bastante éxito. Eras el mejor. Ya lo sabemos. Bla, bla, bla.
Pero no. No hubo gritos de bienvenida. Nadie exclamó: ¡Ulises ha regresado a Ítaca! Tuviste que esforzarte más de lo que creías para que la sensación final, antes de regresar a casa, se aproximase a tibia.
Una de las presentes te miró durante todo el proceso con cara de suspicacia. “¿Este es el mismo que... ya sabes?”, escuchaste que le decía a una de sus compañeras, tan cerca de ti que llegaste a sospechar que no fuera un descuido. Aprovechaste ese instante para hacer un repaso de to…

