Una vez me besó una desconocida en un paso de peatones. Fue junto a Confecciones Zorrilla, calle Toledo, esquina con Concepción Jerónima. Yo andaba achispado y lamentándome por asuntos amorosos varios; aunque la puñalada más dolorosa de la noche había sido que el Five Guys de Plaza Mayor estuviera cerrado. Acepté resignado que tendría que apañarme con el McDonald’s de la Plaza de la Cebada o caminar un poco más para llegar al Papizza de Tirso.
En esas cavilaciones buceaba cuando me detuve ante la silueta roja de un semáforo. Al otro lado del paso de peatones estaba ella, fumando con esa elegancia que otorga que el mundo te importe tan poco como la ceniza que dejas caer desde tu cigarrillo al suelo. No la recuerdo guapa. Quizá lo era, pero fueron matices más sutiles los que quedaron grabados en mi cabeza.
Nos miramos fijamente durante todo el «prohibido cruzar». Poco importaron los coches que pasaron entre nosotros. Fue una mirada fácil, carente de juicio, sin cobro revertido. Ambos trat…

