De Samantha, albañiles e indie
Más crema de orujo. Y algo para los mosquitos. Mezclado, no agitado, por favor.
Suele decir mi amigo Ray que él solo teme a los albañiles y mecánicos sin presupuesto, a los taxistas hasta que llegó Uber, y a la gente que te raspa el alma al mirarte.
Nunca tuve éxito tratando de convertirme en una de esas personas que te clavan los ojos y te perdonan la vida. Hubiera sido fantástico ir por ahí haciendo sentir culpable u hormiga a cada humano con el que te cruzas. Imitando a la Bacall o a la Taylor (no voy a mencionar a Vivien Leigh porque luego dicen que tengo preferencias por cierta escritora de por aquí).
Pero no. Mis ojos no estiran tanto. Supongo que el registro más dramático que atesoro es mirarte como un corderillo a punto de ser sacrificado.
Soy un blanco fácil. Podría enseñarte los agujeros de algunas miradas que me han atravesado. Como esa escena de Abierto hasta el amanecer en la que Quentin Tarantino mira a George Clooney a través del boquete que una bala ha abierto en el centro de su mano. O ese Caravaggio en el que Santo Tomás mete los dedos en el costad…

